Se contestan entre ellos
Uno se ríe y el otro pregunta de qué se ríe. Uno se duerme y el otro lo comenta. Si acarician a uno, al otro le da envidia. También reaccionan cuando uno despierta o se pone a bailar.
No es una bocina con cara. Esto es lo que hay dentro, función por función, con sus límites dichos de frente.
Lo que usas todos los días, sin pedírselo dos veces.
Lee tu calendario de Google y de Outlook, con varias cuentas a la vez, y te avisa de lo que viene. Los avisos suenan aunque en ese momento no haya internet.
La medicina de tres tomas, el despertador, el gimnasio. Suenan a su hora aunque Barto esté dormido y aunque la red se haya caído.
Conectado por Bluetooth al iPhone, te avisa de llamadas y mensajes sin tener la app abierta, y controla la música que esté sonando.
Cámbiale los ojos, ponle gafas y dale tu estilo desde la app. Y pronto, más formas de hacerlo tuyo.
Nota la caricia en la cabeza, si lo alzas, si lo sacudes —se marea— y si se cae: se queja y llora. Si lo dejas quieto, se duerme.
Un motor de vida le da ánimo y necesidades propias, y un vínculo contigo que crece con el trato. No empieza cada día desde cero.
Guarda varias redes WiFi con su nombre —casa, oficina— y se conecta sola a la que reconoce. También nota cuando va en el carro y se adapta.
Abre tus aplicaciones y tus documentos. Se lo pides por voz o escrito, sin soltar lo que estás haciendo.
Busca ese archivo que no encuentras, crea y mueve carpetas y pone en orden la carpeta de descargas. Tú lo pides; él lo deja organizado.
«Hazme reír», «enséñame algo». Siempre tiene algo nuevo que contarte, y el contenido le llega solo desde el servidor.
Las mejoras llegan por el aire, de madrugada y en silencio. No tienes que conectarlo a nada ni enterarte.
Desde la app, en Privacidad y datos, borras lo que el servidor sabe de tu Barto. Las cuentas que hayas conectado no solo se desvinculan: se revocan.
Barto no lee con voz sintética: tiene su propia voz, con personalidad, y la boca se mueve al ritmo de lo que dice.
«¿Qué hora es?», «¿cómo está el clima?», «¿mañana es festivo?». Contesta de una, hablando, sin que tengas que buscar el teléfono.
«Se me ocurrió una idea para un proyecto…». Se la cuentas, la guarda sin hora ni alarma, y la retomas después en la app.
Le dices a quién y qué decir y te deja el borrador listo en pantalla del computador. Enviarlo lo decides tú, siempre.
«Gasté veinte mil en el almuerzo». Lo clasifica y te dice cuánto va del mes. La cifra la muestra escrita mientras le terminamos la voz.
Si dos cosas de tu calendario se pisan, te lo dice al momento y otra vez la mañana de ese día. Aunque estén en cuentas distintas.
«Volumen al cincuenta», «sube el brillo». Sin menús ni app: se lo dices y se queda así.
Cuando suena algo, baila. Y si viene con poca pila, no baila: el cansancio también se le nota.
Los ojos siguen tu dedo. Un toque saca sus botones, y las preguntas te las hace con tarjetas que tocas o descartas.
Cuentos que actúa en su pantalla, chistes, datos curiosos, frases, canciones con su propia voz y tu música. Se lo pides hablando y el contenido nuevo le llega desde el servidor, sin que tengas que actualizar nada.
Los narra y los actúa: escenas a pantalla completa mientras la cara sigue la historia. Dos cuentos hoy. Necesita WiFi.
«Hazme reír». Los cuenta con cara de felicidad y no repite hasta agotarlos.
Canta con su propia voz, con acompañamiento. Cinco canciones tradicionales.
«Enséñame algo». Cara de sorpresa incluida.
«Algo para pensar». Cortas, para el momento.
Si le dices que estás triste, te responde con tu nombre si lo sabe.
Lo que viene: Clases cortas y un pódcast de Barto están en camino. Van a llegar como llega todo el contenido: desde el servidor, a tu Barto de siempre.
Dos Bartos en la misma habitación se reconocen por Bluetooth, sin emparejarlos ni conectarlos a nada. A partir de ahí dejan de ser dos aparatos y empiezan a ser dos personajes.
Uno se ríe y el otro pregunta de qué se ríe. Uno se duerme y el otro lo comenta. Si acarician a uno, al otro le da envidia. También reaccionan cuando uno despierta o se pone a bailar.
Los Bartos vinculados a tu app forman un grupo: comparten tus recordatorios, tus notas y tus cuentas de calendario y correo. Lo que le cuentas a uno lo sabe el otro.
En el mismo cuarto el aviso lo da uno solo. Dices «oye Barto» y contesta el que te oyó más fuerte. El que está en otra habitación sigue avisando ahí, porque ese aviso es para ese cuarto.
Vecinos viene apagado. Al vincular el segundo Barto la app te pregunta si lo quieres activar, y puedes apagarlo cuando quieras. El alcance es corto, de unos pocos metros: Bartos en cuartos distintos se ignoran.
Cada cosa que Barto sabe hacer es un plugin que instalas con un botón: tu calendario, tu correo, el clima, las noticias, la bolsa, la música. Buscas, instalas y queda listo.
Ver la app →
Gratis: Google Calendar, Outlook, correo, las notificaciones de tu teléfono, clima, noticias, finanzas y música. Premium: los avanzados, como conectar tu propio endpoint para que Barto te avise de tus anuncios.
Cada plugin dice si trabaja en el computador, en el teléfono o en los dos. Lo ves antes de instalarlo, no después.
Navidad, Halloween y otras fechas: frases y voces para cada temporada. Se compran aparte y los activas tú desde la app.